Nació en la calle Pilar un 8 de septiembre de 1.903 y se llamaba Mercedes Domínguez Delgado. Tomando de su madre Mercedes el nombre, y de su padre Pedro el apodo, el cual, siguió vigente primero en sus hijos y, todavía hoy, en sus nietos.

Si ya de niña trabajó lo suyo en las tareas que en aquella época realizaban las mujeres, aquello, no fue nada, comparado con todo lo que tuvo que trabajar después, una vez que estuvo casada. Y es que, junto al que ya era su esposo, conocido por el sobrenombre de “El Chirivito” y con quien vivió hasta sus últimos días en la calle llamada popularmente Huertecillos, tuvo que luchar de manera superlativa, mano a mano, para poder sacar hacia delante a sus cuatro hijos varones: Pedro, José, Juan y Antonio. De todos ellos, sólo el último sigue todavía viviendo.

Mercedita “La de la Colorá” Vendiendo sus Loterías.

Mercedes o Mercedita que así la llamaremos cada vez que hagamos referencia a ella ya que de ese modo se la conocía, era tan dicharachera como buena persona a un mismo tiempo. Por lo menos, así lo aseguran quienes la conocieron; sobre todo, las vecinas de su misma calle como por ejemplo: Josefa “La Pobita”. Todavía la recuerda como centro, dueña y señora de aquellas concentraciones de las noches veraniegas en las que se formaban aquellos corrillos a las puertas, al fresquito y en donde entre charla y charla, le daba a todas, las tantas de la madrugada. Hasta eso se va ya perdiendo. Por lo menos, así lo veo yo. Pero es Josefa la que corrobora: “Mercedita, siempre era la primera en animar aquellas reuniones contando chistes o entonando alguna que otra copla al son de un simple palmeteo”

Mientras más te quiero yo, más mala eres tú “pa” mí. Explícame la razón: ¿Por qué juegas tú así con este corazón? “To lo” que me has “pedío” yo siempre te lo di. ¿Porque ahora ves que no tengo dinero te alejas de mí? Me engañas con otro me dijo un amigo, y no lo creí. Pero al poco tiempo tuve que creerlo. Bien claro lo ví. María de la O, viviendo con nuestro cariño nos sobra de “tó”. Te quieres reír y hasta los ojitos los tienes “moraos” de tanto sufrir. Maldito “parné” que tiene la culpa de “tó” en este mundo pues sólo por él, bien lo sabe Dios (BIS) que es la crucecita que llevas a cuestas, María de la O.

Le gustaba tanto cantar, que lo mismo lo hacía en medio de la calle, en la azotea de su casa mientras tendía la ropa o al paso de algunas de las cofradías de esta ciudad. Así fue como yo la descubrí. Bueno, no de un modo personal, yo en aquel entonces era todavía muy pequeño. Me refiero a que conocí su existencia como saetera a través de algunas conversaciones que mantuve con Ildefonso Pinto, cuando yo daba mis primeros pasos de iniciación en el cante. Mientras charlábamos acerca de algunos aficionados más destacados de esta localidad, Ildefonso Pinto, siempre me la describió como una de las buenas saeteras que ha tenido este pueblo, por no decir la mejor, a la vez que se reía recordando aquella manera suya tan peculiar de lanzarse a cantar con cualquier atavío de diario, arremangando, cuando la cofradía se iba acercando, su delantal mientras ya iba entonando…

Ay…ay… Dejadme que yo le ayude. Que está “clavao” de rodillas, mientras le cae por su cara, la sangre que se derrama de su frente tan divina.

Igualmente que a Mercedita le fue reconocida esta faceta de saetera, de igual manera, le ocurrió a su hermano “El Curriqui”, cuyo apodo fue su propia hermana quien se lo puso de tanto repetirle de pequeño cariñosamente: “ Ay, mi Curriqui” y que, según algunos, cantaba de todo. Otros por el contrario, sólo lo recuerdan cantando por saeta y siempre al amparo y sombra de su hermana, con la que, una y otra vez, se picaba, para ver quien las ejecutaba mejor.

Como dijimos anteriormente, la época que le tocó vivir

a Mercedita fue ardua y difícil. Más, si tenemos que añadirle el tener que alimentar cuatro bocas que, por la corta edad, aún no entendían que, en casa, faltaba casi de todo. Y aunque los dos, marido y esposa trabajaban más horas que tenía el día, la verdad era que todo aquel esfuerzo no era suficiente. Quizá por eso ni dudó en hacer hasta de estraperlista dando viajes a Portugal, en donde invertía en alguna que otra mercancía deseada por la baja Andalucía que, solía ser, frecuentemente, tabaco, azúcar o café; y que luego vendía a un precio un poco más elevado para obtener algunas ganancias, en el pueblo. A veces, también llegaba a asociarse con los vendedores de lotería y, como éstos conocían de sobra su verborrea y su talento para convencer y su gracia innata, cada día, le entregaban a Mercedita parte de las tiras para que ella las fuese vendiendo por cuenta y riesgo a cambio de obtener cierto porcentaje de beneficio.

Sin embargo, el hecho del estraperlo, le acarreó consecuencias desagradables que estuvieron a punto de causarle un disgusto mayor. Gracias al reciente nacimiento de su hijo Antonio, el menor, el asunto casi llegó a remediarse. Pero durante todo el tiempo que estuvo detenida, a diario, tenían que acercarle a la criatura para que ella le pudiese dar de mamar. Era entonces, el momento que sus centinelas esperaban ansiosos pues, con el niño en brazos, Mercedita se arrancaba a cantarle nanas y canciones para que se durmiese después de la toma correspondiente.

A dormir van las rosas de los rosales. A dormir va mi niño porque ya es tarde. Este niño chiquito, no tiene cuna. Su padre es carpintero. Le va a hacer una. Mi niño, cuando duerme, lo guarda un ángel, que le vela sus sueños como sus males. Nana, nana, nana. Duérmete, lucerito, y hasta mañana.

Mercedita se nos fue un día cargada de años, de tabaco y algo de café ya que según dicen “Por allí, por mucho que tomes, no pierdes el sueño”. Y allí seguirá. Asomada a cualquier balcón celestial, entre las nubes junto a su “Curriqui” y enfrascados en una porfía eterna llegando incluso hasta comprometer al mismísimo San Pedro, para que éste se decante por cual de entre los dos canta mejor las saetas.

Aprovecho estas líneas finales para, muy especialmente, dar las gracias a Ismael, nieto de Mercedita, por el interés mostrado y la predisposición que tuvo para poner en mis manos la foto de su querida abuela que aquí aparece.

Guillermo Cano Att Un abrazo…Y nos leemos pronto.