Alfonso Martín Camacho, fue hijo de Antonio “El Colilla” y Dolores “la del Sabio”. Lanzó a la vida su primer “quejío“ un 9 de febrero de l.903 en la antigua calle cuyo nombre popular es La Vía, actualmente llamada Condado de Niebla.

Como para la inmensa mayoría, la procedencia y el por qué de su apodo constituía todo un enigma, una completa incógnita. Sólo sabía que ese era el modo por el que había sido conocido su abuelo, luego su padre y, posteriormente, él y sus hijos.

Recuerda, eso sí, Antonio “El Colilla” hijo, que su padre Alfonso siempre le contaba que había trabajado con “El Niño León” de peón albañil en Sevilla y de cómo tras la faena en la obra, ambos intentaban sacar alguna que otra perra gorda de más cantando. Sobre todo por Fandangos de Manuel Vallejo y José Cepero.

* Vela que arde se gasta. Pluma que escribe, se rompe. Vela que arde se gasta. Corazón que mucho quiere, o se consume y se cansa o de la pena se muere.

** Mira que no eres eterno. Arroyo, no corras tanto, mira que no eres eterno. Llega el verano y te quita lo que te ha dado el invierno. El agua tuya es maldita.

De derecha a izquierda, Alfonso “El Colilla”, con un tocaor y otro cantaor de la época, de los cuales desconocemos sus identidades.

Si Alfonso era artista cantando, en igual grado, lo era elaborando carbón. Vendía sin problema todo el que fabricaba. La mayor parte de su vida transcurrió pues, en el campo, donde realizaba todo tipo de tareas agrícolas. Aunque eso sí. Siempre destacó como segaor. Con su cuadrilla, trabajaba incansablemente de sol a sol para ganar l.000 pesetas diarias y un guiso de potaje caliente que poder llevarse a la boca. Le tocó vivir la peor de las épocas. Los años del hambre. Pero aún así, nunca se dio por vencido como tampoco se le fueron las ganas de cantar. Con Antonio “El Pingolo” formó un dúo con el que recorrieron cantando todos los pueblos de la provincia mientras a un mismo tiempo, rifaban caramelos.

“Puede que no ganasen mucho -digo yo- pero al menos, aquello le servía a los dos a olvidar el vacío que anidaba en sus estómagos a la vez que conseguían que los días parecieran más cortos. Mientras Alfonso pregonaba cantando, a la par que “El Pingolo”, le tocaba el acordeón”. Creando su versión propia de un Pregón de los Caramelos, que decía así.

* Yo traigo los caramelos para los niños y niñas. Elige entre los sabores de naranja, fresa y piña. Que yo los vengo rifando mientras doy este pregón. También los llevo de menta, de frambuesa y de limón.

Señala Antonio también que, Alfonso, su padre, le confesó una vez que, cierto día, cantando por Sevilla con El Niño León, un señor al escucharlo, le brindó la posibilidad de viajar y trasladarse a Madrid donde podría, como suele decirse popularmente, matar dos pájaros de un tiro: Por una parte podría obtener mayores beneficios económicos a la vez que, por la otra, una entera dedicación para poder hacer lo que a él más le gustaba: cantar.

Lástima que en aquella época ya remota, las mujeres fuesen desmesuradamente reacias a ese mundillo de la farándula, por lo que su novia Dolores (quien sabe, y nunca mejor dicho, si por ser “La del Sabio”), intuyó lo que podría pasar si Alfonso se hacía cantaor. Así que ni corta ni perezosa, obligó a su novio a elegir entre ella y el cante.

No le quedó a Alfonso más alternativa que la de rechazar tan suculenta oferta y sólo llegó a prodigarse como cantaor en Bollullos y por las fiestas de los señoritos de la ciudad y en algún que otro pueblo de la provincia, donde le gustaba hacerse llamar: Niño de Bollullos.

Tarjeta que utilizaba Alfonso “El Colilla” ya en aquellos años.

De los cuatro hijos que Alfonso tuvo, sólo su hija Dolores “La del Colilla”, heredó de su padre la afición y las cualidades para el cante. Muchas fueron las veces que lo demostró en fiestas y reuniones familiares. Más, sin embargo, nunca hizo caso a su padre mientras éste se enfadaba repitiéndole hasta la saciedad, que debería aprovechar las facultades innatas para el cante que la vida había puesto a su alcance.

Alfonso murió a los 78 años de edad. Pero para que tengan ustedes una liviana idea de cómo era su cante, siempre, eso dicen, estuvo en la línea de Manuel Vallejo. Sin embargo, lo que hizo imperecedero su nombre para los anales de la memoria cantaora de esta ciudad, fueron aquellas saetas escritas por su paisano Juan Díaz Mora “El Torrero”, que éste dedicara a Ntro. Padre Jesús Nazareno al que Alfonso veneraba y al que rendía pleitesía en cada estación de penitencia no faltando a una cita mientras estuvo en el uso de todas sus facultades.

* Pena me da de mirarte, Padre mío del Gran Poder, con esa injusta condena que te han hecho padecer.

Guillermo Cano Att Un abrazo y,… Nos leemos pronto.