Foto antigua de La Avenida de La Coronación (Los Caños)
Lugar frecuentado por “El Pulín”, donde falleció, sobre
el mismo banco que solía pasar las noches.

Nació en Bollullos par del Condado y era uno más de los cinco hijos nacidos a raíz de la unión matrimonial que contrajeron José Cruz “El de Bodeguita” y Patrocinio Iglesias. Cómo no hemos podido tras muchos intentos averiguar su nombre, lo llamaremos “Pulín”, puesto que con este apodo fue conocido en el pueblo.

De pequeño, empezó a trabajar en la bodega de Vallejo. Allí pasó su infancia y parte de su adolescencia haciendo unas veces de recadero y otras, desempeñando labores diversas dentro de la misma como uno más de la plantilla. Pero un buen día o, mejor dicho, un mal día, de la noche a la mañana y sin ningún motivo aparente, empezó a dejarse ver de una manera muy diferente de como hasta entonces había sido; empezó a abandonarse, a dejarse arrastrar por no sé que mala corriente que acabó por encallarlo era ya todo él un barco a la deriva-, en mitad de la calle para a partir de ahí, ser ya ésta, su residencia. Para ser más exacto su vida empezó a transcurrir en una de las avenidas más principales de esta ciudad y que, popularmente, nosotros conocemos como “Los Caños”.

Por lo que se dice, se cuenta y va de boca en boca, “El Pulín”, en lo que se refiere al estudio de los cantes no fue nunca un gran aficionado. Tengan presente que esto quienes lo corroboran son aquellos que tuvieron ocasión de conocerlo; son éstos mismos los que aseguran que, si de algún modo se prodigó, éste fue por Fandangos. A ellos les imprimía un estilo personalísimo que él mismo fue madurando gracias a su propia e innata intuición musical. Además, aquellos Fandangos, gozaban cada vez que “El Pulín” los cantaba, de una peculiaridad muy especial, lo cual se debía a un defecto de pronunciación que, de nacimiento, arrastraba en la lengua. Aquello nunca significó un impedimento para que “El Pulín” con poco más de catorce o quince años, anduviera ya cantando a diario por todas las tabernas de Bollullos acompañado por el son de aquellas “tejitas” a las que hacía sonar con total maestría y destreza mientras que, a la par, entonaba aquellos peculiares Fandangos de creación propia.

* Una carta y otra carta, yo le escribí a mi serrana. Una carta y otra carta. Se enteró por la vecina que estaba enfermo en la cama y a verme ella no venía.

** Yo ya no tengo alegría. Ya se me murió mi “mare”. Yo ya no tengo alegría. Mi dolor se ha hecho tan grande, que llevo dentro una “hería” que nadie podrá cerrarme.

Aunque no tuvo tiempo de relacionarse de forma permanente y duradera con ninguna de ellas, todavía hay quien se acuerda y me confirma hoy que, no sólo tuvo varias novias en Bollullos, sino que además, durante un cierto tiempo, estuvo cortejando a una hermosa dama vecina de la Palma del Condado, hecho éste que no quiero pasar por alto, por lo que tiene de simpático y de anecdótico al tiempo que deja reflejado también el grado de desesperación con el que llegaba a ser la vida de aquellos terribles años. Bueno, el caso es que “El Pulín”, cada vez que tenía que desplazarse hasta La Palma para ver a su amada y sin olvidarnos ni por un sólo momento de cuál era la precaria situación económica de su casa, el pobre, todo aquél trayecto de ida y vuelta lo hacía descalzo con el firme propósito de gastar lo menos posible la suela de aquellas alpargatas que compartía con el resto de sus otros hermanos durante los siete días de la semana.

Foto de Bodegas Iglesias, una de las míticas del pueblo, donde se desarrollan durante todo el año cantidad de eventos relacionados con el arte y la cultura.

“El Pulín”, convivió -aunque no como uno más de ellos- con la mayoría de los aficionados citados en este libro al deambular y también frecuentar con la misma normalidad que los demás, todas las tabernas de este pueblo. Sus días transcurrían entre “Los tres Conos”, “El Túnel” y la taberna de “El Quiri”. Aunque sobre todo, por donde más se dejaba caer era por la que Manolito “La Torta” tenía por la parte de San Antonio. Allí, casi siempre, algún que otro artista se acercaba para invitarlo a beber gratuitamente a cambio (que como dice el refrán popular: “De bien nacido es ser agradecido”) de que él cantara aquellos maravillosos Fandangos.

* ¿Por qué ponías, tus labios sobre los míos? mujer, ¿tú por qué ponías? Y qué veneno me dejaste que me tiene “consumío” del día en que me besaste.

** Con mis mejores pinceles. Me puse a pintar tu cara con mis mejores pinceles. Fue tan grande tu hermosura que, de rosas y claveles, se me volvió la pintura.

Ya es difícil para mí, hablar de él sin conocerlo. Pero es aún peor cuando las opiniones hacia su forma de cantar están divididas. Si unos aseguran que “El Pulín” era todo un fenómeno, otros, por otro lado, dicen que lo que en verdad hacía a la hora de cantar era el ridículo causando la risa entre los presentes. Por suerte, en este libro, para hablar de “El Pulín” al igual que el resto de los otros que entre estas páginas quedan mencionados, me he basado tan sólo en el recuerdo y los testimonios de aquellos que tuvieron la oportunidad de conocerlo en vida. Es algo que ahora quiero dejar bien claro para que de aquí en adelante nadie pueda negar la autenticidad de estas confidencias o comentarios en los que quedan reflejados, no sólo su personalidad sino, y esto es lo que en realidad aquí importa, su manera de cantar. Claro que, como de costumbre, la historia, una vez más, al igual que la de tantos otros, vuelve a repetirse: Para unos, “El Pulín” era un genio. Para otros en cambio, un borracho que pasaba desapercibido y al que sólo se le tenía en cuenta a la hora de enumerar sus defectos que, dicho sea de paso y que yo sepa, no tenía ninguno a no ser el de levantarse cada mañana con la misma intención del día anterior: cantar y emborracharse.

* La gente me da de “lao”. Cada vez que estoy “bebío” la gente me da de lao. Por eso yo he “preferío” que, “pa” mal “acompañao” vivo sólo a mi albedrío.

** Al amparo de la luna. Todas las noches me acuesto al amparo de la luna. Mirando al cielo me duermo. No tengo prisa ninguna y hago siempre lo que quiero.

Que sepan ustedes que “El Pulín”, ése que cantaba con media lengua y que se emborrachaba de taberna en taberna, fue el mismo hombre que, un día, sirvió de espejo para que “El Gordito de Triana”, cantaor por todos reconocido, crease tras escucharlo en diversas ocasiones, aquel estilo de fandango personal con el que se ganó la vida, independientemente de la admiración y del respeto de muchos aficionados de la época, mientras que “El Pulín”, vivió en cambio en mitad de la calle y murió tendido en un banco cualquiera de Los Caños, usando como manta para resguardarse del frío cuatro pedazos de cartones, sin más techo que la luna y con poco más que unas tejitas en el bolsillo.

Guillermo Cano Att un abrazo a to@s,…Nos leemos pronto.